Manu Trigueros cierra su etapa en el Granada CF tras dos temporadas en las que no logró el objetivo del ascenso a Primera división. El centrocampista talaverano reconoce que “imaginaba retirarme dejando al Granada en Primera”, en una despedida marcada por su paso por el Villarreal y el cariño recibido en Los Cármenes.
Manu Trigueros cierra su etapa en el Granada CF en un final de recorrido que, más que una despedida aislada, funciona como epílogo de una carrera larga, estable y profundamente ligada a la élite del fútbol español. El centrocampista talaverano, uno de esos futbolistas que han construido su prestigio desde la continuidad y la fiabilidad más que desde el foco mediático, se marcha de Los Cármenes sin haber podido cumplir el objetivo que marcó su llegada: el ascenso a Primera división. Dos temporadas después de aterrizar en Granada, el balance queda inevitablemente condicionado por el contexto colectivo. Trigueros llegó con la etiqueta de jugador experimentado, con un bagaje enorme en el Villarreal club en el que disputó 474 partidos y se convirtió en el futbolista con más encuentros en la historia de la entidad y con la expectativa de aportar jerarquía a un proyecto que aspiraba a regresar a la élite. Sin embargo, el camino fue mucho más inestable de lo previsto, con un equipo que no terminó de encontrar regularidad competitiva ni continuidad en su idea de juego.
En ese escenario, el propio jugador reconoce el desfase entre lo imaginado y lo vivido. “Imaginaba retirarme dejando al Granada en Primera división”, admite, una frase que resume el contraste entre el deseo inicial y la realidad final. No era un fichaje cualquiera: había también un componente emocional, casi simbólico, ya que su padre había jugado en el Granada en los años 80, lo que dotaba a esta etapa de un componente familiar y sentimental añadido. El rendimiento del equipo durante su estancia estuvo marcado por dos temporadas muy diferentes entre sí. La primera, con sensaciones de proyecto aún en construcción pero con fases de aspiración real al ascenso, especialmente bajo la idea de un bloque competitivo que llegó a ilusionar en determinados tramos. La segunda, en cambio, estuvo mucho más condicionada por la inestabilidad: cambios de plantilla, dificultades estructurales, problemas de inscripción en el arranque y una mezcla de juventud y urgencia que terminó por situar al equipo en un escenario de reconstrucción más que de ascenso. En ese contexto, el rol de Trigueros también se transformó. Acostumbrado durante años en Villarreal a ser un centrocampista de creatividad, de último pase y lectura ofensiva, en Granada asumió en muchos momentos un papel más contenido, más táctico, incluso más alejado del área rival. Esa adaptación, habitual en futbolistas con su experiencia, tuvo impacto en su influencia ofensiva, aunque no en su peso dentro del vestuario. Porque si algo ha definido su paso por Los Cármenes ha sido precisamente eso: la aportación intangible. En un grupo joven, con muchos cambios y con presión clasificatoria constante, su figura ha funcionado como punto de estabilidad. No siempre con continuidad en el once ni con protagonismo estadístico, pero sí con presencia en la gestión del día a día, algo que el propio jugador identifica como uno de los aspectos que más echará de menos del fútbol profesional.
Su trayectoria, inevitablemente, exige una lectura más amplia. Formado en la constancia del Villarreal, Trigueros representa un perfil muy reconocible del fútbol español de la última década: centrocampista técnico, disciplinado, tácticamente fiable y con una carrera sostenida en la élite sin necesidad de grandes picos mediáticos. Bajo entrenadores como Marcelino García Toral y posteriormente Unai Emery, vivió distintas etapas del crecimiento del Villarreal hasta consolidarse como una pieza estructural del club amarillo. Esa etapa en La Cerámica es, sin discusión, el núcleo de su carrera. Allí no solo acumuló partidos, sino que definió su identidad futbolística. Con Marcelino, como él mismo ha reconocido en varias ocasiones, completó su “formación competitiva”, aprendiendo automatismos, rigor táctico y exigencia en la élite. Con Emery, posteriormente, amplió su registro en un contexto de mayor sofisticación táctica y éxito europeo del club. La otra cara de su carrera es la que nunca llegó a completarse del todo: la selección española. Estuvo en dinámicas de preselección en distintos momentos de su mejor etapa, pero nunca llegó a debutar con la absoluta. Él mismo lo asume como una espina, aunque matiza que la competencia en su posición en aquellos años hacía extremadamente difícil el salto definitivo.
Su paso por Granada, por tanto, no puede interpretarse como un final de pico competitivo, sino como una última etapa de transición hacia el cierre de una carrera larga. En ese tránsito, además, convivió con un entorno complejo: la relación entre afición y directiva, las expectativas del ascenso y la presión permanente por recuperar la categoría perdida. Un ecosistema exigente que, en muchos momentos, afectó también al rendimiento colectivo. Más allá del plano deportivo, el vínculo con la ciudad ha sido positivo. El propio jugador destaca el respeto recibido en Los Cármenes incluso en fases de menor protagonismo, y la sensación de haber sido bien acogido en un entorno futbolero intenso pero fiel a sus referentes. Esa conexión, aunque no se haya traducido en éxito deportivo, forma parte del legado emocional de su paso por el club. Ahora, con el cierre de esta etapa, el foco se desplaza inevitablemente hacia el futuro. Trigueros no se precipita en su siguiente paso. Estudió Magisterio, aunque no se ve de momento en un aula, y tampoco se lanza todavía a una carrera como entrenador. Sí admite interés por el análisis del juego, la evolución de los jóvenes y la lectura táctica del fútbol moderno, un terreno donde su experiencia puede tener continuidad natural en el futuro.
El regreso a Villarreal, donde mantiene vínculos personales y profesionales, aparece como un punto de partida lógico en esta nueva fase. Sin urgencias, sin la presión del vestuario, pero con la posibilidad de reencontrarse con el club donde construyó su identidad futbolística. El final en Granada no es el cierre perfecto que él imaginó, pero sí uno coherente con la trayectoria de un futbolista que ha vivido siempre desde la estabilidad, el compromiso y la lectura madura de su carrera. No hay épica de ascenso ni despedida con objetivo cumplido, pero sí el retrato de un jugador que ha entendido el fútbol como oficio antes que como relato ideal. Y en ese oficio, incluso cuando el desenlace no coincide con el sueño inicial, queda una certeza: la de haber sostenido una carrera en la élite durante más de una década sin estridencias, pero con una constancia que explica por sí sola su recorrido.
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